Eso dicen, y se aplica sobre todo cuando tienes a alguien por encima (o a un lado) que podría decirte que «no».
Oye, que puede ser en casa, con los amigos, en el banco o en la empresa.
El consejo ese nos vale para cualquier ámbito de la vida, salvo cuando se trata de un subordinado.
En este caso, el de los subordinados, el consejo es otro:
«A un subordinado, como mucho, se le pide ayuda. Nunca permiso».
Más que nada porque cambian los intereses, las necesidades y los riesgos.
No es el mismo riesgo el que corre el empresario, tanto si se hacen cambios como si se sigue igual que siempre, que el que corre un empleado, cuyo principal riesgo ante los cambios es no aclararse del todo y que después “la culpa sea suya”.
Y en lo tocante a los intereses y las necesidades, pues más de lo mismo.
Nada que ver.
Porque el empresario necesita que la empresa mejore, que sea más rentable y que las cosas funcionen cada día mejor.
Y el empleado, por lo general, necesita que su trabajo sea seguro, que no le complique demasiado la vida y que no le busquen problemas.
Y las dos posturas son perfectamente comprensibles.
Lo que no es comprensible es que el empresario renuncie a tomar decisiones porque quienes tienen que aplicarlas no estén demasiado por la labor.
Que escuchar es una cosa, consultar es otra y pedir permiso es otra muy distinta.
Y, si para cambiar lo que no funciona necesitas el permiso de quienes llevan años haciéndolo de la misma manera, mal vamos.
En fin, que dirigir una empresa no consiste en conseguir que todo el mundo esté de acuerdo. Consiste en tomar las decisiones que la empresa necesita y conseguir que se lleven a la práctica.
Y precisamente de eso va IMPULSA-TE.
De identificar qué está frenando la rentabilidad de tu empresa, qué decisiones llevas demasiado tiempo aplazando y qué necesitas cambiar para que las cosas funcionen como deberían.
Porque el problema no siempre es no saber qué hay que hacer. A veces, el problema es no atreverse a hacerlo.
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