Mira, en las obras, como en la vida, alguna vez has de decir una mentira piadosa.
Oye, que si ha de ser, que sea. Pero, a poder ser, que no te pillen.
Imagínate esta situación:
Aparece algo en la obra que no estaba previsto y hay que hacerlo.
Y tienes que cobrarlo, claro está.
Y el director de obra, con toda la buena intención del mundo, te dice más o menos:
«Para que no se me vea a mí el plumero, ¿qué te parece si, en lugar de hacer un precio contradictorio, aumentamos la medición de alguna partida que ya exista, como, por ejemplo, el tabique de pladur?».
Y, como es de bien nacido ser agradecido, le haces el favor.
Y como resulta que aún te queda mucha obra, y al cliente mucho dinero por gastarse, pues no pasa nada.
De momento.
El problema viene al final, cuando el cliente empieza a hacer cuentas y no le cuadran.
—¿Cómo puede haber 1.200 metros de pladur si en la obra solo hay 900?
Y el resto te lo imaginas.
Porque lo que en su momento parecía una solución fácil acaba convirtiéndose en un problema: las mediciones no coinciden con la realidad, las partidas dejan de decir lo que realmente se ha ejecutado y, cuando toca justificar lo facturado, nadie se acuerda ya de aquella conversación de hace seis meses.
Y ahí la mentira piadosa deja de ser piadosa.
Por eso, una buena gestión de obra no consiste solo en saber cuánto has facturado. Consiste en poder explicar qué has ejecutado, qué has cobrado y por qué lo has cobrado.
Y que dentro de seis meses los números cuenten exactamente la misma historia que hoy.
En IMPULSA-TE analizamos cómo presupuestas, registras, certificas y controlas tus obras para detectar esas pequeñas «soluciones» del día a día que, sin darte cuenta, terminan convirtiéndose en fugas de rentabilidad y problemas de gestión.
Porque para ganar dinero en una obra no basta con hacerlo.
También tienes que poder demostrar dónde lo has ganado.
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El lunes más.
Juan Ramón Moreno