A ver cómo cuento esto, porque no lo veo fácil.
La semana pasada hablé con Cándido, un empresario con 58 años a sus espaldas y unos cuantos como empresario.
El nombre es ficticio, pero me viene como anillo al dedo.
Pues bien, Cándido cuenta con un aparejador externo que le estudia los presupuestos y le dirige las obras que le adjudican, a cambio de un módico 8 %.
Además, trabaja con un arquitecto que le consigue obras y vela para que el cliente las contrate con Cándido (o para que no las contrate, llegado el caso), a cambio de otro módico 8 %.
Y no pasaría nada si ese 16 % de la venta lo pagara el cliente. El problema es que Cándido no lo sabe con certeza, porque del presupuesto ve lo que ve.
¿Lo peor?
Que esto no le viene de ahora.
¿Lo peor de lo peor?
Que le acaban de adjudicar una obra de 400.000 euros, que el anticipo ya se lo ha gastado en comisiones y que va a cerrar la empresa porque no sabe ni cómo defender esa obra ni cómo salir de ese agujero.
Eso sí, quien le ha cobrado al cliente sesenta mil euros por una obra que todavía ni ha empezado ha sido él.
…
Y luego hay quien dice que el problema es que «el mercado está muy mal».
No.
El mercado podrá estar mejor o peor, pero cuando repartes el beneficio antes de empezar la obra, el mercado tiene poco que ver.
Porque una empresa no cierra el día que se queda sin dinero.
Cierra muchos meses antes, el día que deja de saber dónde se le está escapando el margen.
Y eso no lo arregla ni un arquitecto, ni un aparejador, ni una obra de 400.000 euros.
Lo arregla un empresario que vuelve a tomar el control de su empresa.
Porque si todos ganan dinero con tus obras menos tú… quizá el problema no sea la obra. Quizá seas tú quien está financiando el negocio de los demás.
#IMPULSA-TE
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Hasta mañana
Juan Ramón Moreno