A ver, que ni son lo mismo, ni significan lo mismo, ni tienen nada que ver las unas con las otras.
A pesar de la mala prensa que van adquiriendo las comisiones, y por mucho que algunos pretendan disfrazar las segundas como si fueran de las primeras.
Si pudiéramos viajar en el tiempo y preguntarle a don Francisco de Quevedo cómo las definiría, seguramente nos respondería algo parecido a esto:
«Mordida: limosna que exige el poderoso para hacer aquello por lo que ya cobra. Es el impuesto secreto con que el sinvergüenza grava el trabajo del inocente.»
Y la otra:
«Comisión legítima: salario del mérito, que no nace del favor, sino del servicio; premio de quien abre camino, trabaja o responde por su oficio, y cobra con la cara descubierta lo que el provecho ajeno reconoce sin rubor.»
Y si le pidiéramos que resumiera ambas en una sola sentencia, quizá remataría así:
«La comisión legítima es hija del esfuerzo; la mordida, del apetito. La una se firma en un contrato; la otra se susurra al oído.»
Dicho queda.
Lo peligroso no es pagar una comisión legítima. Lo realmente caro es no saber cuándo estás pagando una mordida… porque entonces ya no gestionas tu empresa: la están gestionando otros con tu dinero.
En IMPULSA-TE no solo analizamos los números. También sacamos a la luz todos esos costes ocultos que se comen tu margen sin pedir permiso. Porque el beneficio no desaparece por arte de magia; siempre hay alguien que se lo lleva.
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Hasta mañana
Juan Ramón Moreno